MIS CUATRO LIBROS EDITADOS

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domingo, 1 de noviembre de 2009

LA VISITA por Héctor Ricci


Aqui les transcribo un cuento de Héctor Ricci, que estuvo en el evento de Bialet Massé, Córdoba, Argentina.

Caminaba apurada, eran casi las 9 de la mañana y como todos los domingos a esa hora, la villa estaba tranquila y silenciosa. Paula se las arreglaba bien para esquivar los charcos de las callejuelas que serpenteaban entre las casuchas de chapa. Eran charcos chirles de barro y agua jabonosa, en cuya superficie se dibujaban manchas aceitosas que parecían mapas de archipiélagos. Con la agilidad de sus 27 años, su figura armoniosa pegaba fáciles saltitos de borde a borde buscando lo seco para no ensuciar ni su calzado ni la botamanga de los vaqueros. Miró para el cielo y entre los caños torcidos de las antenas y la maraña de los cables, descubrió un celeste prometedor del fin de la tormenta. Consultó su relojito y calculó que llegaría a la cárcel de Olmos cerca del mediodía. Era la primera vez que iba y le habían dicho que tardaría más de dos horas en llegar.
La muchacha cruzó el hueco del paredón que bordeaba la villa y vio que la avenida presentaba un aspecto desolado. Por la calzada, todavía húmeda, circulaban pocos autos y no andaba casi nadie caminando. Hasta los quioscos estaban cerrados y sólo un par de canillitas ofrecían sus diarios apostados cerca de la parada del micro donde ella se detuvo. Luego de un rato, subió al ómnibus que la llevó a la estación Constitución.
Sentada en un banco del andén, a Paula se le perdió la mirada entre el brillo de las vías, los durmientes sucios y los papeles que bailaban al compás de los remolinos de viento. Ni siquiera advertía a las palomas, que caminando ente las colillas y envases aplastados, picoteaban el piso muy cerca de sus pies. Pensaba en el pobre Rubén, en cómo habría pasado estas semanas de encierro, sin ver a nadie conocido y vaya a saber con qué tipos alrededor. Y además, en qué injusticia, porque estaba segura de que era inocente. Para qué habrá ido ese día a la casa de Peralta, justo cuando cayó la cana. Ella le había dicho “ese gordo no me gusta nada, anda en cosas raras”. Pero bueno ahora ya está, en el allanamiento encontraron y se llevaron de todo, entre eso, también a Rubén. Andá a explicar que no tenía nada que ver. Para cuando terminás de probarlo, si podés, ya te comiste unos cuantos meses adentro. Menos mal que por lo menos ahora se lo puede visitar. Seguro que me estará esperando ansioso. Tengo un poco de miedo, nunca entré a una cárcel y en la villa se escuchaba cada historia ...
El chirrido del tren que reculaba perezoso sacó a Paula de sus cavilaciones. Subió y se sentó del lado de la ventanilla, la que no pudo cerrar porque estaba atascada. El asiento metálico era duro y frío, pero tampoco le importó. Lo único que le importaba era llegar a ver a su querido Rubén. Después de una hora y media de viaje en tren y un rato en el micro Oeste, finalmente llegó a la cárcel de Olmos.
Al bajar del colectivo la sorprendió el intenso movimiento en la parada, que estaba ubicada justo frente a la entrada del establecimiento. Gente de toda edad iba y venía febrilmente. En su mayoría eran mujeres y chicos, que si bien por su vestimenta denunciaban una condición humilde, no parecían sucios ni rotosos. Todos, como ella, tenían algún bolso o paquete en sus manos.
Paula no sabía para dónde ir, cruzó el portal de acceso, vio una cola y se dirigió hacia allí. Preguntó y le confirmaron que era para la requisa previa al ingreso. La fila adelantaba lentamente, ya estaba cansada de estar tanto tiempo parada cuando, por fin, le tocó el turno a ella. Traspuso el desgastado umbral y antes de dirigirse al escritorio, desde donde un guardia de bigotes le hizo una seña para que avanzara, alcanzó a mirar las paredes que la rodeaban. Estaban pintadas y repintadas de un amarillo que se notaba distinto en cada mano y que en algunas partes se aglobaba formando unos forúnculos de revoque, varios de ellos reventados. Unos cuadros con el papel oxidado contenían advertencias y recomendaciones que nadie leía. Caminó sobre el piso de mosaicos siguiendo los desdibujos que marcaban las huellas de incontables pasos anteriores.
Parada frente al escritorio, Paula aguantó cabizbaja mientras la mirada lasciva del guardia la recorría desde la frente a las rodillas. Después de devolverle el documento, con un movimiento de cabeza el hombre le señaló una puerta marrón al tiempo que le ordenaba:
- Pasá a la piecita para la requisa.
Al entrar, una bocanada de olor desconocido la recibió de golpe, era una mezcla de aire usado y hospital. El atisbo de una náusea le marcó el asco. En la habitación sólo había una vieja camilla despintada, una banqueta y una pequeña mesa metálica. Estaba apenas iluminada por un ventiluz cerrado, y un ventilador de techo, que había sido blanco, giraba lentamente silbando un monótono shic shic.
Desde la banqueta donde estaba sentada, una mujer uniformada le preguntó sin mirarla:
- ¿Primera vez, no? - y agregó sin esperar respuesta-. Dejá el bolso ahí y sacate la ropa.
Paula dudó un momento, fueron unos pocos segundos que su verguenza le pidió demorando su accionar.
- ¿Qué esperás? – la apremió la guardiana –. Hay mucha gente esperando.
Resignada, la muchacha empezó a desvestirse por la parte de arriba. Cuando quedó con el torso desnudo, la mujer le indicó con el mentón el broche de la cintura del vaquero. Ella lo desprendió y se bajó lentamente los pantalones.
- Todo – le dijo la guardiana.
Paula volvió a demorarse, pensó en Rubén, en su rostro desesperado que la estaría buscando nerviosamente entre los visitantes, en las penurias que habría pasado en esos días allí adentro, en la comida y los cigarrillos que le traía en el bolso. En medio de ese torbellino de imágenes que inundaba y confundía su mente, enganchó los pulgares en el borde elástico de su bombacha y de un tirón se la bajó. Cerró los ojos, rogando que pasase pronto ese momento, pero el ruido del picaporte la obligó a abrirlos nuevamente. El guardia del escritorio entró rápidamente y dirigiéndose a su subalterna le ordenó:
- Dame un guante.
Indefensa, Paula temblaba mientras sentía cómo se debatía en su interior la lucha entre su dignidad y su amor a Rubén. Un sofocón ardiente le recorrió el cuerpo incitándola a la resistencia y a dar batalla, atinó un gesto, pero fue en ese instante cuando decidió darse por vencida.

Héctor Ricci




8 comentarios:

Patricia. dijo...

Hola Eliane,
¿Este cuento tiene continuación? Me gustaría saber si por fin ve a Rubén, esperemos que sí porque es triste este final. Me han gustado algunas descripciones.
Besos.

Eliane dijo...

Patri:Desgraciadamente, es una realidad para los que van a visitar a los presos en las carceles...el cuento no tiene continuación...es bastante real! A veces, la realidad le gana a la ficción! Pero, hay que seguir adelante.
Besos

Fernando dijo...

Terrible.
Me gusta la apertura de miras que demuestras en cuanto a ideas y gustos literarios con tus relatos y los de otros amigos.
Me alegra poder visitar tu blog de nuevo. Espero que con regularidad :)
Un abrazo.

Eliane dijo...

Fernando: Me halaga que te guste como manejo mi blog. Me alegro tenerte de vuelta, tus comentarios son siempre muy bienvenidos!
Un abrazo

Anónimo dijo...

HOLA ELIANE...ESTUVE "ESPIANDO" TU BLOGG...ESTA MUY INTERESANTE...TE MANDE UN CUENTITO...SI QUERES VER MAS POESIAS TENES QUE IR A MI BLOGG
www.lenida.com.ar y podras encontrar algo que te interese...estaremos en contacto...DANIEL

Eliane dijo...

Gracias Daniel...ya puse tu cuentito en la "cola" para publicarlo...te aviso cuando va! Gracias
Un abrazo

JUAN LOBO dijo...

Me gustó la mirada perdida.

Saludos.

Eliane dijo...

Juan: Gracias...muy bienvenido!
Te iré a visitar a tu blog...
Un abrazo